Etiopía, la tierra de los dioses

paisaje-estepa-sur-etiopíaEl corazón de África está en Etiopía

Cuando se me ocurrió anunciar a mi compañera de viaje el destino de nuestras vacaciones, se echó las manos a la cabeza: «Pero, ¿En Etiopía no hay hambruna y una sequía crónica?».

Por un instante revolotearon en mi mente aquellas sórdidas imágenes de niños de barriguitas hinchadas, famélicos, agarrándose con ansia a un pezón agrietado, seco de leche, mientras en Occidente ahogábamos la pena coreando el himno estelar We are the World en los karaokes.

Seguidamente, reté a mi pareja a buscar imágenes asociadas a este país que se localiza en el cuerno de África. Su sorpresa fue mayúscula como su rapidez en responder: «¡Nos vamos a Etiopía!».

En ruta por la Etiopía primitiva

Durante 23 días retrocedemos en el tiempo y nos quitamos de un soplo ocho años. Viajamos al país nombrado por los egipcios como “La tierra de los dioses”, Abisinia, el estado independiente más antiguo del mundo, el primer pueblo en el mundo en abrazar el cristianismo: Etiopía.

Los etíopes tienen su propio calendario —hay años que los estudiantes añaden un mes a su curso escolar— y su manera de concebir el tiempo: Si el día comienza a las 6 de la mañana, cuando amanece, es la hora 1 y el día termina cuando se van a dormir.

Ante tanta peculiaridad y carácter propio, nos olvidamos de nuestro propio mundo: Fuera móviles, adiós Internet, cero televisión. Y de esta manera llega ese momento único, mágico, en el que olvidas en qué día de la semana vives y lo más importante, cuando comemos o dormimos.

En nuestro avance por la falla del Gran Rift donde el desierto se come a la sabana, y los enormes lagos, refugio de cocodrilos, aves e hipopótamos magnetizan nuestra mirada, un destartalado quiosco en medio de la nada anuncia esa palabra mágica que conoce hasta el ermitaño más alejado de la civilización: Coca-Cola. ¡Tiempo de comer Ingera!

Nuestro salvoconducto en tiempos de un Mundial de fútbol, ¡Waka-waka!, nos ayuda a ganarnos la confianza en cualquier poblado, por muy alejado de la carretera que esté. Sin duda, Etiopía se ha convertido en la tierra del fútbol y de las sonrisas. Cualquier niño es feliz con un balón. Cantando enuncian uno a uno a los jugadores de la selección española, a pesar de no ver televisión, ni leer periódicos. Les ha llegado que nuestros jugadores están ganando todas las partidas…

… Y hablando de comunicarse, una frase surgió de mi boca nada más subir al 4×4 que nos conduce durante catorce días por las entrañas de este país hasta la frontera con Kenia: «¡Mogambo existe!». De niña me embelesaba viendo esas películas míticas de Hollywood donde Bogart o Gable se disputaban su hombría enfrentándose a leones y caníbales para salvar a la chica guapa de la peli. ¡Estamos en el corazón de África!

Una de mis asignaturas pendientes como antropóloga y viajera era conocer el África “negra”, a pesar de haberla estudiado en la universidad.

Y llegó ese momento en que siendo transportada por pistas imposibles en la sabana, digna de un París-Dakar, descubrí sin aliento que cada camino en Etiopía es una fuente de vida, un escenario salvaje donde interactúan animales y hombres mostrándote la mayor de las policromías que el cielo y la tierra te puedan ofrecer. Un espectáculo para los sentidos.

En Etiopía me he divertido con las actuaciones malabares de chavales risueños que te conquistan en cada curva y he ahogado lágrimas silenciosas en cervezas con nuestro chófer, Chapy, también guía y mediador con las tribus.

¿Qué puede hacer una cuando le cuentan sin perder la sonrisa que no recuerda su rostro infantil porque nunca le hicieron una foto? Que no olvida el día que fue abandonado por su madre en la inabordable Adis Abeba, la capital del reino de Abisinia.

Chapy, entonces con 24 años, no solo es un superviviente de las calles, sino también de la guerra. Con apenas 19 años, luchó en Somalia y sobrevivió a lo que él denomina su única familia, aquellos soldados-niño que corrieron peor suerte que él —por un segundo parece dudar de esta afirmación—, en un desierto infernal, aniquilados por soldados adultos, que jugaban a la lotería con sus pistolas: un tiro en la sien o el perdón de tu verdugo era la mejor de las suertes.

En busca de los pueblos primitivos

 

Chapy fue caballo ganador en aquella cruenta guerra y en su narración también me aclara que hoy los Kaláshnikov que llevan los pastores Hamer son para proteger a su ganado de leones. Contenemos la respiración cada vez que paramos el vehículo ante algún rebaño de cabras o de vacas que pasta a sus anchas ignorando nuestra breve presencia. No sé que prefiero evitar, si los dientes de un león o una ráfaga de un fusil de asalto soviético…

… El sur nos conduce por una encrucijada de pueblos y culturas apenas “tocadas” por la civilización occidental. El sur es árido pero hermoso, como sus gentes.

Quizás es el abandono de su gobierno o sus tierras casi impracticables que pueden mostrarte tribus como las que descubres en los documentales: los Arbore, los Konso, los Mursi, los Hamer o los Karo, limitan y demarcan sus fronteras solo alteradas por el día de mercado, donde para suerte del viajero algunas de ellas se unen para intercambiar ganado y especies.Cabezas rasuradas o marcadas por una mezcla elaborada de barro y mantequilla agria; escisiones, escarificaciones, pigmentos y taparrabos rivalizan con los abalorios más dispares. Las mujeres son bellas y ariscas –son el puntal del grupo-, los hombres, seductores y competitivos. Los animales, moneda de cambio para obtener un matrimonio apalabrado. La lucha por la supervivencia está servida…

… Finalmente, nuestra estrella se cruza cuando llega la posibilidad de ser testigos del ritual de iniciación más dramático y espectacular que se puede apreciar:

La ceremonia del salto del toro, donde un adolescente de 15 años se juega su paso a la edad adulta y la posibilidad de casarse, en una prueba que requiere fuerza, equilibrio y destreza, mientras las jóvenes de su familia, en solidaridad con él, clamarán a los hombres de la tribu que fustiguen a las jóvenes mujeres hasta que la sangre brote de sus brillantes espaldas. Es el orgullo de un pueblo, los Hamer.

El norte, la cuna del cristianismo

 

Dejamos las tribus, los paisajes sin límites, electrizantes, indómitos, para recorrer el norte del país. A una altura sobre el nivel del mar entre los dos y tres mil metros, el mal de altura nos impide conocer a fondo la laberíntica capital, Adis Abeba.

Comienzan las lluvias impenitentes y los grados de temperatura disminuyen con la velocidad de nuestras ruedas, a medida que avanzamos hacia el norte. La otra parte del camino, la que sube  hacia el corazón religioso y monumental de Etiopía, se realiza con destartalados aviones de hélice.

Viajamos a Lalibela, Gondar y Bahar Dar, donde monjes custodian las iglesias excavadas de una solo pieza en la roca, hoy protegidas como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Iglesias que ocultan pergaminos, libros y cálices de incalculable valor. Un tesoro sacro, solo comparable a Jerusalén, nos revela el dogma de fe de los etíopes cristianos ortodoxos que, como una marea blanca de túnicas y tules, discurren por sus grutas oscuras y sus minúsculas capillas, guiados por el canto de los fieles.

En busca del Nilo Azul

De nuevo, el paisaje nos enmudece con su desmesura. Es temporada de lluvias y el Nilo Azul alimenta las colosales cataratas de Tis Isat, “Humo de Agua”, cuarenta y cinco metros de vertiginosa caída —solo comparables a las Cataratas Victoria— hasta verter sus aguas en el majestuoso lago Tana donde una veintena de pequeñas islas son refugio espiritual de monjes ortodoxos.

El lago Tana es navegado por frágiles canoas de papiro, las tankwas, que transportan a una línea de pasajeros en posición de equilibrio entre cocodrilos, hipopótamos y una variedad innumerable de aves a la caza de su mejor presa. La naturaleza sin ataduras, pavorosa, real.Nadie, ni las colonias europeas, ni Mussolini, ni las guerras, ni la yihad islámica, ni la revolución socialista, han podido con la tenacidad y la fe de este pueblo que se dice el más antiguo del mundo. Si Eva no hubiera mordido otra manzana, Etiopía seguiría siendo la tierra de los dioses.

Es difícil expresar lo que hemos sentido con Etiopía y aunque suene ya a tópico, la llamada  de África nos ha atrapado para siempre.

Más información: 10 Experiencias para conocer Etiopía

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