Mujer-en-el-parque

El contestador

Mujer-en-el-parque

—Jorge, ¿eres tú?, ¿hola?

—Habla el contestador automático de Jorge, ahora no puedo atenderte… Si deseas dejar algún mensaje, espera a la señal. Gracias… —Su voz es inconfundible, melosa, seductora, pero también seria, guarda las distancias, porque él no sabe si el que llama lo hace por cuestiones de trabajo o placer…

Y así de fría me deja y mi voz, naturalmente, asciende desde mi garganta como un gorgorito; sin saber muy bien si dejar un mensaje o un recuerdo…

—Jorge, querido, de nuevo no te encuentro en casa —ironía resentida— y ya no sé si no estás o no me quieres atender. Tan solo quería hablar contigo, en esta tarde de frío invernal. La soledad me consume; únicamente deseaba oír tu voz y contarte algunas cosas, quizás banales, quizás carentes de sentido, superficiales, para matar el tiempo que pasa lento…

—Pi-pi-pi… Tuu-tuu-tuu…

—Fantástico, se ha cortado la señal y yo con las ganas…

Tras meditar durante un par de minutos, me decido a llamar otra vez. A mí nadie me deja en la estacada y menos un contestador automático… Vacilo durante unos instantes y una idea se cuece en mi mente calenturienta: ¿Por qué no hablar simplemente con el contestador? Necesito desahogar mis anhelos.

De nuevo se oye el zumbido clásico de la línea telefónica…

—Tuu-tuu-tuu… Habla el contestador de Jorge y bla, bla, bla… (¡Dios, qué pesadez!).

—Hola, querido, ya que no te pones al teléfono he pensado que sería divertido… Vale, seguramente te suene a paranoia… hablar con tu muy querido contestador, que es el único que escucha mi voz antes de que quede enlatada en tu cinta magnetofónica.

Lo cierto es que la idea de intimidar con la máquina de mi amigo me excita. Así es que marco nuevamente el número de Jorge, dispuesta a platicar con ese anónimo receptor.

—Querido contestador, receptor de llamadas amistosas, peligrosas, dementes e imprudentes… Creo que te bautizaré como Señor X porque todavía te debo un respeto y aún no te conozco… Hoy quiero contarte acerca de mi soledad en esta fría tarde invernal. Y nadie mejor que tú para escuchar mis penas y cuitas. Caja de mil oídos, memoria de mil pitidos…

—Pi-pi-pi… Tuu-tuu-tuu… Me responde el muy canalla que me da la espalda y me cuelga.

De este modo, se corta la llamada de diálogos inconfesables que nunca llegan a su fin y una vez más me quedo sola con el auricular entre hombro y oreja, mientras mi mirada se pierde entre el estampado pop de la pared que tengo frente a mis narices.

No sé ya si me siento capaz de llamar una tercera vez, pero mi actitud un tanto caprichosa, desesperada, me anima a seguir en mi empeño, porque hoy mis estúpidas teclas del ordenador no me acompañan. Pienso que lo seguiré intentando, aunque no me sienta con energía para aguantar la voz de Jorge diciendo una y otra vez «… habla el contestador y bla, bla, bla…»

Tras otra llamada…

—Querido Señor X no puedo hablarte y no mostrar mi identidad. Perdóname, sin embargo, mi educación un tanto egoísta me ha llevado a confesarme ante ti sin dar tregua a un conocimiento mutuo. Yo soy María, de sonrisa abierta, corazón caliente y sentimientos cruzados, y hoy me aburro… Amigo mío, hoy, como todos los días, me he sentado delante del ordenador. Verás, te contaré… todas las mañanas, llueva, nieve o haga sol, me levanto temprano y despejo mi cuerpo y mente con una ducha de agua fría y un café con leche; me siento junto a la ventana de la buhardilla, con el sol calentando mi frente y el aire fresco jugando con mi flequillo, dispuesta a escribir lo que se me pasa, en ese momento, por la imaginación…

(La llamada con el Señor X ha terminado hace un buen rato, pero yo con mi ansia de hablar con alguien, mantengo mi soliloquio con el alma de mi auricular…)

… Entonces, mi perverso ordenador me seduce y me grita desesperadamente que continúe con mi relato y él, con descaro, transcribe todo lo que le cuento y lo memoriza. Y él, muy listo, me lo enseña desde su diabólica pantalla de negro y blanco trazado. Por supuesto, yo no le hago ni caso, mientras sigo tecleando unas veces letras, otras veces signos y cuando no, algunas de mis penas en jeroglíficos indescifrables. Con premura y a un ritmo constante, mis manos serpentean los dígitos y mis dedos se enredan con la presión de eternas huellas digitales.

… Máquina endiablada que me ciegas y me obligas a llevar lentes desde que te conocí; que me absorbes y me aniquilas, que me seduces y otras veces me agobias, pero que nunca me dejas sola… Teclas dichosas, juguetonas, ya sé que me sois fieles y me queréis bien (a vuestra manera, claro); no os desconectéis por accidente, pues que yo soporte mi propia soledad, depende de vosotras. Pervertidas todas vosotras, queridas mías, que ya sé para qué os quiero…

No entiendo muy bien qué hago ni qué digo, aunque, la verdad, poco me importa. ¡Ahora hablo con las máquinas, necias y calladas! Anónimos aparatos que escucháis y no dais consejos, ¡cómo me llegáis a gustar! (¿me estaré volviendo loca?, no lo sé, no obstante me encanta…). ¿Quién necesita consejos? Nadie y menos yo, tozuda fémina de orgullo encendido. Llamaré a mi amigo Señor X y me reiré de todo esto con él.

—Pi-pi-pi… Habla el contestador automático de Jorge…

—Querido Señor X aquí estoy de nuevo contigo para contarte mis historias para no dormir (y encima le vacilo, ¿qué va a pensar de mí?). ¿Te gusta el nombre de pila con el que te he bautizado? Como no me respondes lo doy por bueno y aceptado. Y el mío, ¿qué te parece? Espero que también te cautive pues, para que lo sepas, María es nombre de primitiva fémina, de mujer núbil, madre de todas las madres. No sé que decirte, tantas son las cosas que anhelo explicarte. Sin embargo, presiento que vamos a ser muy buenos amigos, con el permiso y beneplácito de mi amigo Jorge, claro.

—Tuu-tuu-tuu…

Una última llamada…

—Señor X, necesito confesarte mi desdicha en esta tarde de soledad. ¡Te quiero Señor X! Porque me escuchas siempre que te llamo, pero nunca me das un consejo. Por mucho más que eso, gracias, silencioso receptor…

E inesperadamente, sin quererlo, ni desearlo, se interpone entre nosotros un espía en esta conversación y, como un surtidor, despeja su identidad.

—Querida María, tu ‘Señor X’, amigo receptor de mil palabras y callados consejos, al habla…

 

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