El viaje de Inma

Una ráfaga de sol invernal languidece en el cielo raso del ocaso, al tiempo que una ligera bruma desdibuja las luces y sombras que se apoderan de las calles de la periferia… Ramas peladas, fachadas desnudas, naves desiertas, paredes grafiteadas y las vías del tren que se pierden en la lejanía… Todo pasa raudo, difuso, como un vago espectro, tras el sucio ventanal del vagón. Mi mente, gris e incierta, se deja llevar por un paisaje desdibujado, camino de una nueva realidad que todavía nubla mis sentidos. Necesito asimilar qué ha sucedido hace tan sólo una hora, cuando acompañaba a mi Francisco a la consulta de su nuevo neurólogo.
-Si, el Parkinson de su marido avanza sin pausa… Pero, ¿esto no es nuevo para usted?, ¿no?- Recalca un dubitativo doctor Cifuentes, con la vista puesta en una perpleja Inma, que mira de hito en hito, sin saber qué decir- Inmaculada, ¿quién “ha llevado” a su marido hasta ahora? El doctor Cifuentes necesita asegurarse de que la señora que está sentada al otro lado de su escribanía, comprende lo que él le explica.
– No sé de qué me está hablando doctor –titubea Inma, acongojada por la noticia-, ¿que quiere usted decir, qué mi marido tiene Parkinson? Eso no es posible.
Trato de asumir ese instante crucial; mi mundo anterior se ha esfumado, ya no existe; ahora es otro contexto, demasiado cruel para desear entenderlo. ¿Por qué no me han dado esta noticia en pequeñas dosis, como si se tratase de un amargo medicamento, difícil de hacer pasar? No, así, de sopetón, como quien no quiere la cosa, ala, bofetada al canto: “… Su marido, señora, tiene Parkinson, encantada de conocerle”. Ja, mi marido, mi compañero de inseparable trayectoria vital, mi Paco, tiene Parkinson.
Francisco, mi Paco, se revuelve inquieto en su asiento. No me atrevo a mirarlo, como si al hacerlo esperase recibir la confirmación de que el doctor Cifuentes no se equivoca, de que mi compañero de cuitas se ha callado todo este tiempo como un muerto; un fatal diagnóstico que cambia el giro de nuestras vidas, o al menos de la mía, huelga decirlo. Las cuestiones, las dudas, la furia se agolpan en mi cerebro. ¿Grito?, ¿me enojo?, ¿insulto a mi esposo?, ¿increpo al doctor Cifuentes por idiota? ¡Si mi Paco está hecho un roble! Pero no, echo un vistazo a Paco de reojo y luego de frente, con la mirada clavada en la suya, esperando una respuesta que, finalmente, hallo: Su rostro, teñido de bermellón, rígido en la expresión, se delata y asiente avergonzado. Por mis mejillas, dos lagrimones silenciosos resbalan hasta perderse en el vacío.
-¿Cuánto tiempo Paco?- gimotea Inma sin consuelo.
Francisco no sabe responder y calla.
-¿A qué esperabas para contármelo?
El doctor Cifuentes parece entender una situación que se repite demasiadas veces: Cuántos engaños, cuántos secretos, cuántas desdichas, cuánta cobardía, ante la fatalidad de un destino ineludible y terrible, a fin de cuentas… Sus manos de cirujano se posan en las de Inma, deseando traspasar parte de su energía, a unas temblorosas extremidades que padecen el paso inexorable del tiempo. Inma observa de nuevo a su hombre de fatigas, con la mirada extraviada y abochornada.
-¿Por qué no confiaste en mí, Paco?
A Francisco le aparece súbitamente el temblor oculto, bajo la protección del bolsillo del chaquetón.
-Tenía miedo… temía perderte… No quería ser una carga, ni para ti, ni para los chicos…
Ahora entendía esa ligera sacudida que le sobrevenía a su Paco, de cuando en cuando y como él la escondía tras sus grandes bolsillos de las perneras, creyendo que ella no se daba cuenta. Inma no quería intimidarle con preguntas insidiosas, sabía que Paquito era demasiado reservado y orgulloso, para mostrar cualquier deje de debilidad física; él siempre había resuelto la vida de ambos a su manera, con el talante del tipo de antaño, ya trasnochado y ahora no quería ser menos, aunque el tiempo, que transcurría irremediable, delatase finalmente su condición de enfermo, posiblemente de inválido en un futuro ya cercano. Francisco pensaba que todavía había un lapso para un cambio a mejor, pero las estaciones discurrían a velocidad de vértigo, sin freno… Ahora este vértigo se hacia acuciante, lacerante, bajo la insoportable mirada de su esposa.
El doctor Cifuentes estaba tentado de dejar al matrimonio a solas, aunque fuera sólo cinco minutos, pero un nosequé en su fuero interno le impidió abandonar a esa mujer, anciana repentinamente y a punto de desfallecer. Cuántas veces había odiado ese momento. Trataba de no inmiscuirse en esa momentánea y delicada intimidad entre sus pacientes, aunque luego le pudieran recriminar, con cierto recelo y también razón, una excesiva y fría profesionalidad como respuesta; el creía que interferir en ese momento tan doloroso, podía suponer el rechazo de un paciente enojado por su propia ira interior. Pero se sentía conmovido, y a la vez responsable, de aquella mujer, desvalida e impotente, ante una confirmación que, en absoluto, esperaba, y de aquel hombre, debilitado por la enfermedad y por sus propios temores, totalmente entendibles por otra parte. El doctor Cifuentes quiso coger al toro por los cuernos.
– Inma, no se venga abajo; su marido tiene cuerda para rato, es fuerte y responde bien a la medicación. Usted sólo debe comenzar a familiarizarse con la enfermedad y ayudar a Francisco en lo que pueda. Si quieren que yo les guíe en este menester, hemos de comenzar ya con la terapia más apropiada…
Inma trató de responderle con una sonrisa, pero sólo una mueca se dibujó en su rostro, pálido como el papel de fumar. Miró fijamente a su marido.
-¿Por qué me has mentido, Paco? No era necesario que pasases este mal trago tú sólo. Eres un testarudo irremediable…
“Eres un testarudo irremediable, eres un testarudo irremediable…”, sus últimas palabras repiqueteaban en el cerebro de Inma una y otra vez, al son del chirriar de los ejes del tren sobre los raíles, mientras observaba como el tren arrancaba de la parada para seguir su camino, en un interminable y oscuro túnel que parecía no conducir a ninguna parte. Miró de frente a su marido, y sus ojos verdes, fríos hasta ese instante, se tornaron ambarinos, cálidos, invitadores. Sus labios estampados en un rictus, se abrieron carnosos, rosados, trazando una amplia sonrisa. El semblante de Inma se dulcificó, se volvió generoso y humilde. Sus manos dejaron de temblar y con suavidad tomaron las rudas extremidades de Francisco, cubriéndolas con su ternura en forma de caricias.
-Así que tienes el mal de nuestro Papa. Vaya qué importante eres, Paquito.
Francisco no pudo evitar sonreír, volvía a ver a “su chica”, como le gustaba llamarla, hace treinta años, cuando ante cualquier adversidad, ella mostraba su lado más batallador, pero también más sensible. Inma era única para convertir el momento más negro de sus existencias, en un arco iris de paz y sosiego.
-Ja, ja, yo prefiero pensar que tengo el mismo mal que ese chico de Hollywood, Michael J. Fox…
– Paco, tuyo y yo, lucharemos juntos en esta batalla, hasta el final, hasta que nos agoten las fuerzas. Claro está que me tendrás que enseñar y deberemos tener paciencia el uno con el otro, porque yo sufriré, si tú padeces y me sacudiré cuando tú tiembles. Navegaremos juntos en este barco que viaja con un destino nuevo y si quieres, yo seré a veces tú capitán y tú mi lugarteniente… Te quiero Paquito-. Y dijo todo esto besándole las manos con sumo mimo.
-No entiendo como he podido ser tan tonto. He demostrado con mi soberbia que no te conocía, a pesar de toda una vida… ¿Cómo pude dudar de tu fortaleza y de tu coraje, de tu amor imborrable hacía mi?, ¿cómo puedo compensarte por mi estupidez? Inma sonreía complacida.
– Queriéndome y dejando que esté siempre a tu lado. Ya sabes, en la felicidad y en la desgracia; en la salud y en la enfermedad, hasta que…
-No lo digas –reía Francisco con sorna- no llames al mal fario. Yo también te quiero mi dulce Inma…
El tren proseguía su curso entre galerías y estaciones, mientras el tiempo parecía frenarse, por un instante, en torno a Inma y Francisco, que se abrazaban con la ternura y la pasión de dos adolescentes. Era un abrazo sentido, largamente esperado, de tantos años perdido en la ignorancia y en el resquemor. Siguieron así hasta su parada, deleitando un momento, seguramente excepcional para los dos. El Parkinson les había devuelto la vida a un viaje sin destino, ni parada fija en el horizonte. Como una ráfaga de sol invernal, lánguido, en el cielo raso del ocaso…

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Antropóloga, Periodista y Publicista de formación. Free Lance en Comunicación Corporativa 2.0 (www.evaespinet.es). Especialista en Creación de Contenidos (Publicidad, Prensa, Audiovisual & Redes Sociales). Una apasionada trotamundos, amante de la fotografía, la cultura, el cine y la gastronomía.

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