Camboya. Los campos de la muerte

Museo del Genocidio, Nom Phen. Camboya. ©evaespinet

Un día de abril de 1975 en el que el sol empleaba todo su poderío para dorar los arrozales camboyanos de Phnom Phen los más pequeños de la escuela primaria de Tuo Sleng, “La colina de los árboles envenenados”, repetían cantando las palabras que el viejo profesor Tuong les escribía en el encerado. Tras las ventanas se escucharon unos pasos agitados, seguido de un vocerío ininteligible y el llanto desesperado de varios niños. La puerta se abrió con un estruendo y gran violencia e hicieron entrada tres soldados apuntando con sus armas a la clase. Uno de los militares agarró al anciano del brazo obligándole a arrodillarse mientras ordenaba la evacuación del aula. Aterrorizados los pequeños parecían haberse convertido en estatuas de sal, como si supiesen que al más leve movimiento aquellos hombres uniformados estallarían en cólera.

El militar al mando comenzó a vociferar a los niños: “¡Estúpidos mocosos, éste es vuestro último día de clase!! ¡Se acabó perder el tiempo entre libros pandilla de vagos! ¡Ahora vais a saber lo que es trabajar para el pueblo!!”. Sin contemplaciones, los soldados sacaron a los escolares del aula a empujones y patadas.

En el patio se arremolinaban niños y jóvenes asustados que observaban mudos a un grupo de soldados que disparaba al aire, quemaban libros y destrozaban todo lo que veían a su paso.

Museo del Genocidio, Nom Phen. Camboya. ©evaespinetÉse fue el último día que se escucharon las felices voces de los estudiantes en esta pequeña escuela, las aulas quedaron vacías y como único testimonio hasta hoy, las pizarras con los escritos de los maestros. A partir de entonces, y durante cuatro largos años (1975-1979), el recinto pasaría a denominarse “S-21”, la oficina de seguridad del régimen maoísta de los Jemeres Rojos del Pol Pot, el partido que gobernó Indochina. Un régimen autoritario, cruel y despiadado, causante de uno de los mayores genocidios de la historia, comparable al exterminio nazi o al genocidio de Bosnia.

Tras la retirada de las tropas estadounidenses de Vietnam y Camboya, se instauró una revolución extremista en la que se consideraba feudal todo aquello de influencia externa, como la moneda, la ropa, la escuela, la religión, el comercio o la familia. Se prohibió su posesión o práctica y se castigó con la muerte a aquellos de los que se sospechaba que no cumplían con dicho mandato. Como todas las escuelas y pagodas del país, los cuatro bloques de la escuela Tuo Sleng o S-21, se designaron como centro de detención, interrogatorio, tortura y exterminio de más de 20.000 camboyanos, incluidos mujeres y niños, considerados por el régimen, vagos, maleantes y espías de la CIA.

Museo del Genocidio, Nom Phen. Camboya. ©evaespinetDe ese momento trágico y crucial para la historia de Camboya, el centro ha permanecido como símbolo de ese atroz régimen. Hoy cientos de fotografías, películas y archivos sobre las confesiones de los prisioneros, instrumentos de tortura, además de catorce cadáveres con signos de tortura enterrados en el jardín de la escuela, dan fe de aquella sanguinaria realidad.

Museo del Genocidio, Nom Phen. Camboya. ©evaespinetEn 1975, el centro S-21 comenzó a albergar a cientos de prisioneros hacinados en las aulas vacías mientras los militares vaciaban las ciudades de sus habitantes. Considerados enemigos del Estado, fueron trasladados a campos de trabajo donde las jornadas se alargaban sin descanso durante todo el día. Niños y adultos se convirtieron en campesinos forzosos que cultivaban la tierra hasta caer extenuados, un bol del arroz era el único sustento diario de aquellos esclavos. Los que enfermaban eran arrojados desde las cimas de las montañas o el alto de cuevas, como las de la población de Battambang, hoy convertidas en lugar de peregrinación de los camboyanos. Se calcula que entre dos y tres millones de personas desaparecieron a manos de los Jemeres Rojos.

Museo del Genocidio, Nom Phen. Camboya. ©evaespinetEn el centro de detención S-21 las aulas se fueron transformando en mini celdas divididas por muros de ladrillo, sin espacio para respirar, caminar y con un simple jergón de hierro para compartir. Fuera, las balconadas de los pasillos exteriores que daban a las celdas se cubrieron de redes metálicas y alambradas de espino para evitar el suicidio de los prisioneros que se lanzaban al vacío fruto de la desesperación. Se habilitaron salas de tortura e interrogatorio con somieres de hierro y cadenas y bañeras donde fustigar o asfixiar al detenido.

En el jardín, una barra de madera que había servido para la práctica de ejercicios físicos de los escolares, se convirtió en una máquina de matar en la que se colgaba a los condenados con las manos atadas a la espalda, expuestos a un sol abrasador durante días, sin alimento alguno, hasta caer extenuados en un estado de semi inconsciencia y entonces se les sumergían en un barril de agua contaminada, a fin de recuperar su estado. Así una vez y otra hasta que el moribundo confesaba crímenes que no había cometido o moría sin remedio.

El resurgir de las cenizas

Hoy, el centro de detención S-21, aquella escuela de cantos y juegos infantiles, te recibe tal como quedó tras aquella barbarie, con un silencio que te subyuga. Un letrero clama respeto a la dignidad de los que allí perdieron sus vidas. Un siniestro vacío conmociona, resulta sencillo imaginar lo que allí nunca debió pasar y hasta dónde somos capaces de llegar los seres humanos.

Una exposición de viejas fotografías de cada unos de los prisioneros, rostros depauperados, rotos del dolor y aterrados, adultos y niños, esperando lo peor; lechos de hierro sin jergón y armados con cadenas como mesa de torturas, salas desnudas con las pizarras que todavía tienen escritas con tiza blanca los últimos escritos de los maestros que nunca se borraron; instrumentos inverosímiles para el tormento, imágenes devastadoras de soldados lanzando bebés al vacío o actuando en los interrogatorios, calaveras amontonadas en cruel desorden sobre unos estantes…

Museo del Genocidio, Nom Phen. Camboya. ©evaespinetUn nudo amargo en la garganta, emoción, vergüenza, rabia, difícil zafarse de lo que allí aconteció. El fruto podrido de un régimen sanguinario que dirigió la vida de su propio pueblo hacia un destino fatal e indescriptible, que llevó a la casi desaparición de toda una generación de camboyanos y que en nuestros días explica el porqué apenas se ven ancianos; una tierra donde sus habitantes todavía poseen una de las miradas más intensas del continente.

Con su barbarie, los Jemeres Rojos dejaron tras de sí un país desolado y sumido en el terror, donde se negó la música o cualquier otra presencia artística, perdiendo parte de su legado histórico y cultural.

Poco a poco, el pueblo camboyano va superando su peor pesadilla mientras trata de cerrar sus heridas, encontrar los cuerpos de sus familiares desaparecidos y las miles de minas activas que siembran el país. Sin embargo, la desgracia que se cernió sobre ellos no hizo desaparecer su sonrisa cálida que mira con esperanza hacia un futuro mejor. Si visitas Camboya, paga tu tributo a este hermoso pueblo con una visita nada despreciable, sino llena de emoción a los lugares donde los Jemeres Rojos dejaron una huella imborrable:

En la capital de Camboya, Phnom Phen, se encuentra el Museo del Genocidio Tuol Sleng “S-21”, centro de detención y oficina de seguridad del régimen maoísta de los Jemeres Rojos.

Los Killing Fields o “campos de la muerte” de Choeung Ek. En la actualidad, memorial dedicado a los 17.000 hombres, mujeres y niños que fueron ejecutados en estos campos de trabajo por los Jemeres Rojos. Durante las excavaciones realizadas en 1980 se exhumaron los restos de 9.000 seres humanos.

En Battambang, al noreste del país, se extienden grandes y bellos arrozales, en un tiempo convertidos en campos de trabajo por los Jemeres Rojos. Aquí se encuentran las cuevas de Phnom Sampeau, donde los jemeres lanzaban desde la entrada hasta una sima de 40 metros de profundidad a niños y adultos enfermos que consideraban inservibles para el pueblo. Hoy es un bello santuario budista, dedicado a la memoria de aquel brutal genocidio que allí aconteció y centro de peregrinación de los camboyanos.

Si quieres saber más sobre Camboya, no te pierdas esta entrevista que me realizó Roge Blasco en su programa de viajes “Levando Anclas” de Radio Euskadi (<– 1:31:30 clica en este enlace en el minuto indicado)

Si te ha gustado el artículo, te encantará “Días de Asia” un relato corto inspirado en el viaje que recorrí por el Sudeste Asiático durante 6 meses y que recibió el Premio Accésit “VI Premio Internacional Relatos Mujeres Viajeras 2014″ 

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Antropóloga, Periodista y Publicista de formación. Free Lance en Comunicación Corporativa 2.0 (www.evaespinet.es). Especialista en Creación de Contenidos (Publicidad, Prensa, Audiovisual & Redes Sociales). Una apasionada trotamundos, amante de la fotografía, la cultura, el cine y la gastronomía.

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