Antonio

Rígido. Inerme. Mi cuerpo es un palo tieso anclado sobre la acera. Tiemblo. De pié, con mis extremidades clavadas al asfalto, como si un gigantesco imán me engullera desde las mismas entrañas de la tierra. Me balanceo ligeramente hacia delante, parece que quiero avanzar, cruzar la calle, pero mi cerebro no responde a las demandas de los miembros enclenques de mi tronco. El semáforo está verde. Podría cruzar, si bien mis sesos me lo impiden. A mi lado, una pandilla de adolescentes juegan entre sí a esquivar tortazos y puntapiés. Me van a tirar, seguro que ni me han visto y, si han notado mi presencia, ni se inmutan. Me acabarán empujando hacia los coches que esperan ansiosos a traspasar la línea de cruce de peatones. Un inútil menos, seguro que este pensamiento está pasando por la mente retorcida de alguno de estos mequetrefes. La manada se lanza, como osado kamikaze, a atravesar la avenida atestada de vehículos que se pitan entre sí sin tregua. El disco parpadea, pasa de verde a naranja y de naranja a bermellón en un santiamén. Permanezco en mi sitio como un aplicado alumno de preescolar pero mi tórax, que báscula de norte a sur, no se somete a las órdenes y se rebela impávido a la corriente humana que va y viene en pequeñas oleadas. Terminarán por arrojarme al asfalto como una maloliente colilla, pisando mi presencia. Mi mano derecha agarra el bastón con fuerza. Odio este inútil cayado que entorpece mis movimientos. La mano temblequea lenta pero inexorable, ajena a mi rigidez. Ya me lo decía mi señora. María. Una mujer de agárrate-y-no-te-menees. La puedo oír diciéndome “Ya te lo decía yo, Antonio, que no salgas sin haber tomado la medicina, que no estás para tanto trote…”. El medicamento, ¿dónde está el comprimido? Juraría que tenía uno en el bolsillo de la chaqueta. De qué sirve pensar donde lo tengo si mis músculos no reaccionan. De todas formas, no recuerdo la última vez que me lo tomé, ¿me tocará ya la siguiente toma? Mi hija Luisa, mi enfermera, mi mentora, me riñe siempre mientras me recuerda, como una penitencia, que una vez tuve que pasar tres semanas en aquel hospicio de perturbados, porque tenía alucinaciones. Dice que abusé de las tomas de Sinemet; claro, con cuatro tomas diarias, como no me iba yo a liar. Yo no estoy tan seguro de que desvaríe con los ruidos. Lo cierto es que me tienen harto los vecinos de arriba con su tam-tam nocturno y las pataletas de los mocosos del piso de abajo. Mi Luisa me responde siempre con lo mismo: “Que son imaginaciones mías; que de madrugada ningún crío patalea; que no puedo ir cada día, de piso en piso, a quejarme sin tener pruebas; que ella no oye nada; que ya estoy otra vez con mis manías”. Un individuo, encorbatado y con maletín me observa de reojo, presiento su mirada fija llena de conmiseración, meditando la decisión de ofrecer su ayuda solidaria a un viejo inválido. Yo sigo en mis trece. Sin moverme y, aunque hace un frío húmedo que cala los huesos, una película de sudor aún más fría se impregna en mi ajada epidermis. No consigo escupir una sola palabra que me auxilie. El ejecutivo que me observa se decide, con un gesto de su mano, a ayudarme a pasar la calle. Ahora o nunca, parece decirme. Pues no se si podré. Idiota, eres un idiota Antonio. Estás acabado, ni Sinemet, ni remedios caseros, ni nada de nada. Acabado. Lo próximo será ver a mi señora empujando una silla de ruedas, con un anciano entumecido, sumido en su propio mundo de inutilidad. Ahora sería el momento de poder avanzar, quedarme en medio del tráfico y que un camión pasara por encima de mí. Sería tan fácil. Sería tan poco doloroso… El hombre trajeado sigue en su intento de hacerme mover. Le miro con impotencia, sin pestañear, con el cabreo contenido en mi corazón que se agita como un poseso. Quiero gritar pero nada sale de mi interior, sino un suspiro ronco y vacío. El hombre comienza a mirarme con cara de pocos amigos; sospecho lo que piensa, lo que muchos imaginan, que soy pasto de las drogas. ¡Qué más quisiera! Al menos podría tener “viajecitos” más placenteros. Pero ni eso. El medicamento, ¿dónde está la pastilla, joder? El tipo se impacienta, “vamos, hombre, que yo le ayudo”, insiste casi empujándome. Qué listo. Pues lo tiene claro el jodido, de aquí no me sacan ni con sacacorchos. Y no es que no quiera, es que no puedo. El tembleque es cada vez más palpable. Mi mujer ya me lo decía, “que ya no estás para muchos meneos, Antoñito”. Como detesto cuando me llama Antoñito, con ese rin-tin-tín agudo que enfatiza con arrogancia, como queriéndome ganar la partida. Lo quiera o no voy a tener que ceder algún día a sus consejos, aunque es mucho aguantar a dos hembras bajo el mismo techo y yo soy de otra pasta y de otra era, cuando las mujeres obedecían sin chistar las órdenes del varón de la casa. “¡Antonio!, ¡Antoñito! ¿Qué haces ahí parao hombre!”. Oigo la voz imperante de mi señora. Por una vez me siento feliz de tenerla cerca y no es que no la quiera, pero mira que a veces se pone pesadita la pobre… Ahora la tengo frente a mí, a dos pasos. Con sus dos manazas, coge mi rostro achuchándomelo dos y tres veces. Me va a dejar seco con tanto estrujón. Introduce una pastilla, la deseada tableta, en mi boca que tiembla tal que una babosa. Al joven del traje le oigo respirar por primera vez, expeliendo un largo y contenido suspiro, al tiempo que le entrega mi brazo a mi señora. “He intentado hacerle cruzar la calle pero no he podido, me tengo que ir”, se disculpa el amigo con una voz tan queda que apenas se le escucha. “No se preocupe –señala María- le pasa siempre, es este maldito Parkinson que no le deja vivir”. Al pobre hombre, que ya hacia ademán de salvar en tres pasos la avenida, se le blanquea el rostro de culpabilidad. Claro, seguro que por su juicio corrió lo peor sobre mi estado –que si soy un drogata, que si seguramente le doy a la botella…- y lo entiendo, yo en su caso pensaría igual. De pronto, mis piernas comienzan a acelerarse sin poder hacer nada por evitarlo. Mis pies acometen sus primeros pasos, mecánicos, acelerados, pero cortos, cortitos. “Antoñito para, que no te has despedido de este buen señor”. Mi señora sigue como bien puede mi apresurado trote. Y como yo no puedo hacer con mi cuerpo lo que me viene en gana, mi brazo, bastón en alto, se hace cargo y saluda agradecido al tipo en cuestión. Ante tan gráfico saludo, la circulación frena en seco y un taxi con el anuncio de “libre” en su luna de cristal se para frente a nosotros. “Adiós amigo”, me responde el joven trajeado, con una palmada en la espalda, perdiéndose raudo entre el gentío. Le sonrío a mi señora, con la mirada dulce del vencido. “Venga María, vamos a dar un paseíto por la ciudad”. A veces, pocas veces, ser un viejo inválido tiene sus ventajas.

 

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Antropóloga, Periodista y Publicista de formación. Free Lance en Comunicación Corporativa 2.0 (www.evaespinet.es). Especialista en Creación de Contenidos (Publicidad, Prensa, Audiovisual & Redes Sociales). Una apasionada trotamundos, amante de la fotografía, la cultura, el cine y la gastronomía.

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